Pensar la deconstrucción del orientalismo desde el sur

El mundo árabe quiere que lo mire Occidente, pero no desde arriba o de soslayo, sino de igual a igual

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Rue20 Español/FEZ

 

Mustafa Akalay Nasser

 

Intelectuales del sur como Anouar Abdelmalek, Mohamed Arkoun, Hicham Djait, Mohamed Abid Aljabri, Bensalem Himmich, Edward Said, Fouad Zakaria, Georges Corm, Mohamed Choukri, han tratado de ofrecer nuevas formas de ver Oriente desde Oriente. Destruir la imagen monolítica y torpe de Oriente que proyecta el romanticismo occidental en tanto que noción llena de clichés o estereotipos. La deconstrucción es un tipo de pensamiento que critica, analiza, y revisa fuertemente las palabras y sus conceptos, tradición filosófica al que pertenecía Jacques Derrida[1].

 

En junio de 1996, el Bukowski rifeño Mohamed Choukri publicó un texto demoledor sobre Paul Bowles y su destierro en la ciudad del estrecho, titulado el recluso de Tánger[2] donde haciéndose pasar por Edward Said desarrolla una crítica del orientalismo como discurso literario construido por el maurófobo  Bowles.

 

Discurso que a su vez ha fracasado como instrumento de poder que sostiene la empresa del colonialismo y el paternalismo. La imagen de Oriente, en este caso Tánger, está compuesta por fragmentos intertextuales, superpuestos como un filtro, es una figura inventada.

 

“En este pasado siglo veinte, Tánger ha ejercido particular atracción sobre numerosos escritores extranjeros que pasaron por la ciudad o que vivieron parte de su vida en ella. Tantos han sido aquéllos que se puede hablar de “colonización literaria”, según la expresión acuñada por Marie-Haude Caraës y Jean Fernández en su ensayo “Tánger o la deriva literaria, ensayo sobre la colonización literaria de un lugar: Barthes, Bowles, Burroughs, Capote[3], Genet, Morand”, colonización no violenta pero con efectos perversos puesto que contribuyó en cierta medida a la negación de la identidad propia de la ciudad y a la elaboración de un mito literario en el cual aquélla aparece como abierta y cosmopolita, como lugar de todos los posibles.

 

En la mayoría de las obras escritas en Tánger, la ciudad en si no interesa pese a que está erigida en lugar iniciático, especie de Finisterre al que el escritor acude en busca de la revelación de su propio ser. La ciudad –espejismo- funciona como pantalla neutra que proyecta un yo desconocido y a veces inconfesable. El encuentro de la ciudad con el autor se podría cifrar en la fórmula: “yo y la ciudad” como lo corroboran los numerosos textos autobiográficos que se producen en el puerto internacional…” [4]

 

Dicho orientalismo, nacido de la mirada occidental sobre culturas evolucionadas y cultas detenidas en el tiempo, y más en particular sobre Extremo Oriente y el islam ha sido denunciado por Edward Said en lo que sigue:

“Entre 1815 y 1914 Europa pasa de ocupar el 25% de la superficie de la tierra al 85. Antes del XIX la palabra orientalismo es usada apenas para referirse al mundo bíblico, poco después abarca todo el espacio a dominar o dominado por los europeos desde el África musulmana hasta Japón. El fondo del juego es el pillaje y el poder colonial, la India y la ruta a la India de los ingleses, el Norte de África de los franceses, la decadencia del Imperio Otomano… Todo ello va unido al aumento de la curiosidad, y mucho más que la curiosidad, de estadistas, administradores coloniales, geógrafos y militares, novelistas, poetas, pintores, viajeros, científicos. Entre todos ellos se reelaboran viejas fórmulas, se inventan otras.

 

Las rivalidades coloniales se difuminan en la aparente inocencia del conocimiento. Del parto de los montes surge un ratón: el orientalismo. Delante de él esta, en la mesa de disección, el glorioso invento del “oriental”, detrás, otro invento: el “occidental”. No surge el uno sin el otro. No importan las diferencias en ese supuesto mundo oriental, no importa que no quepa hablar en los mismos términos de indios, japoneses, birmanos, libaneses… porque frente al otro, desde el poder, no cabe otra cosa que reducir su extrañeidad, que suprimir sus parecidos que dejarlo reducido a una realidad clasificada.

 

Detrás del “exotismo” cuantas veces no hay otra cosa que racismo más algo de lírica. Debajo de esa palabra un mundo sometido, un zoológico a reconstruir, a definir. Otras disciplinas colaborarán a ello, serán inventadas prácticamente en el mismo marco y juego, piénsese en una antropología definiendo al primitivo, al salvaje o al bárbaro, unida a la historia, por ejemplo, en la justificación de esquemas evolutivos de la humanidad en las que el último escalón son las naciones de pletóricas burguesías triunfantes que legitiman también su poder mirando al pasado, esto es al “primitivo” o al “oriental”. El orientalismo no es más que el estilo y el discurso occidental para dominar oriente.”[5]

 

El orientalismo es una serie de imágenes que Occidente ha creado sobre Oriente y que se apoya en un conjunto de procesos enunciativos. [6], que se refleja en la apoteósica serie de informes consulares, en los informes de viajeros, en la novelística, en los estudios etnográficos y geográficos, en los informes de guerras, en las expediciones militares y científicas, es lo que se conoce por el saber estratégico utilizado por los colonos y denunciado por el geógrafo iconoclasta Yves Lacoste en su libro: “La geografía se utiliza, en primer lugar, para hacer la guerra”.

 

Oriente ya no es -nunca lo fue- esa heteropía forjada por Michel Foucault y soñada por los pintores del XIX y del XX que, en busca de nuevos horizontes, se desplazaban a este entorno geográfico llamado Oriente y concretamente el mundo musulmán. Pero Oriente, no es sólo una cartografía del deseo de alteridad, radical, sexual, cognitiva, literaria, religiosa, etc.… es también una cartografía real: sus problemas son los problemas del resto del mundo. Se expresan en términos y cuestiones relacionados con lo religioso, las nociones de género y la difícil cuestión de la identidad cultural; en hechos de autoafirmación y valoración de lo tradicional desde una perspectiva evolutiva e histórica que evite las pretensiones intemporales y el victimismo demagógico cultivado por muchos de sus regímenes políticos (tiranías, dictaduras, autocracias).

 

“No hay choque de civilizaciones, sino de ignorancias…”, en su intervención ignorancias mutuas el escritor Tahar Ben Jelloun criticó duramente a la periodista Oriana Fallaci exponiendo que: “…Esta última que es despreciable y reparte odio. Pero sus libros se venden muy bien porque responden a un público que está dispuesto a odiar a todo lo que venga del mundo musulmán.” No hay choque de civilizaciones, porque las culturas están ínter penetradas unas en otras. Viajan. Lo que hay es choque de ignorancias, y ahí es donde actúa el terrorismo salvajemente, que ha convertido el instinto de vida en instinto de muerte”. Luego sentenció: “El mundo árabe quiere que lo mire Occidente, pero no desde arriba o de soslayo, sino de igual a igual”.[7]

 

Profesor en la Universidad Privada de Fez (UPF)

 

Referencias

 

[1] Jacques Derrida perteneció al movimiento filosófico denominado del 68. El aporte más importante de su pensamiento es la deconstrucción. La deconstrucción es un tipo de pensamiento que critica, analiza, y revisa fuertemente las palabras y sus conceptos. La deconstrucción se relaciona con trayectorias vastas de la tradición filosófica occidental, aunque también está ligada a disciplinas académicas diversas como la lingüística y la antropología.

[2] Mohamed Choukri : Paul Bowles, le reclus Tanger Quai Voltaire, Paris 1996

[3]Según Choukri: “Los escritores y poetas de la generación beat, que se desplazaron a Tánger nunca se familiarizaron con el entorno diario y las huellas que dejaron en la ciudad se reducen a un puñado de fotografías en la entrada del bar Tangerine ”.

[4]Marie-Haude Caraës et Jean Fernández : Tanger ou la dérive littéraire, Éditions Publisud, Paris 2002.

[5] Fernando Wulff, Reorientarse. Revista Puerta Oscura, n°3-4. Málaga 1986

[6]María José Vega: Imperios de papel, critica letras de humanidad. Barcelona 2003.

[7] Conferencia de Tahar Ben Jelloun: Ignorancias mutuas, pronunciada en el acto de clausura del coloquio internacional Ibn Jaldun. Auge y declive de los imperios: del siglo XIV al mundo actual. Granada 2006.

 

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