Rue20 Español/Houston
El Abbas Tahri Joutey Hassani
La pregunta llegó con intención. Un periodista intentó poner contra las cuerdas a Ayyoub Bouaddi en la zona mixta del NRG Stadium. Le recordó que el próximo rival podría ser Francia, la selección de su país de nacimiento, aquella a la que había capitaneado en la categoría sub-21. Le insinuó, sin decirlo del todo, que tal vez aquel duelo tendría un sabor particular para un chico nacido en Senlis, a una hora en coche de París. Bouaddi, con la serenidad de quien lleva diez años más de madurez en el cuerpo, cortó la trampa con una sola frase: «Esperamos ese partido, sea quien sea el rival, y daremos todo lo que tenemos».
A sus dieciocho años, el mediocentro del Lille OSC ha convertido esta Copa del Mundo en su escaparate particular. Hace apenas un mes, la Cámara de Estatus de la FIFA aprobó el cambio de nacionalidad deportiva que le permite vestir la camiseta de los Leones del Atlas, un trámite que la Federación Real Marroquí de Fútbol logró concretar a contrarreloj antes del arranque del torneo norteamericano.
Desde entonces, Bouaddi no solo ha justificado esa apuesta; la ha multiplicado. En Houston, ante Canadá, fue una de las piezas que permitió a Marruecos sellar un contundente 0-3 en los octavos de final y, con él, un hito que ninguna selección africana ni árabe había alcanzado antes: estar en cuartos de final de un Mundial por segunda vez consecutiva.
El partido contra los canadienses no admitió especulaciones. Donde otros equipos podrían haberse dejado llevar por la euforia tras sobrevivir a una tanda de penales dramática contra Países Bajos en Monterrey —aquella noche en la que Issa Diop empató en el minuto 91 y Bono se convirtió en muro desde los once pasos—, la selección de Mohamed Ouahbi mostró una madurez que asusta. El 0-3 final fue el reflejo de un equipo que ya no se conforma con hacer historia; la exige.
La gesta adquiere una dimensión mayor si se desgrana el camino recorrido. En el estreno, el empate 1-1 ante Brasil en Nueva Jersey dejó claro que esta generación no padece complejos. Luego llegó la victoria por la mínima contra Escocia en Foxborough, con un gol de Ismael Saibari a los dos minutos que, en rigor, cambió la dinámica del grupo. Saibari, por cierto, se ha convertido en el primer futbolista africano en la historia en marcar en los tres encuentros de la fase de grupos de un mismo Mundial, superando una marca que resistía desde los tiempos de Asamoah Gyan en 2010. El cierre ante Haití en Atlanta, con esa remontada épica en un partido que se puso 1-2 en contra tras un gol en propia puerta de Bono y un golazo de Wilson Isidor, terminó con un 4-2 que consolidó a los marroquíes como segunda fuerza del Grupo C.
En medio de todo, Bouaddi ha tejido una sociedad natural con Brahim Díaz, el cerebro del Real Madrid que ha asumido el rol de director de orquesta en esta selección. Juntos, han configurado un centro del campo que combina la irreverencia de la juventud con la precisión de quienes entienden que el tiempo en un Mundial se mide en centímetros. Achraf Hakimi, el capitán, sigue ampliando su propio legado: ya acumula veintidós ocasiones generadas en esta edición, cifra récord para un jugador marroquí en la historia del torneo.
La clasificación a cuartos no es un punto final; es una puerta. El próximo 9 de julio, en Boston, los Leones del Atlas aguardan al superviviente del cruce entre Francia y Paraguay. Si finalmente son los galos los que aparecen en el horizonte, el escenario se cargará de simbolismo.
Lo cierto es que la decisión del mediocentro ya ha movido aguas en el viejo continente. Medios franceses han mostrado frustración por haber «dejado escapar» a una de las perlas de su cantera, mientras clubes como el Arsenal —según han apuntado informaciones recientes— han intensificado su interés por hacerse con sus servicios tras su exhibición en el Mundial. Bouaddi, empero, sigue blindado contra el ruido. Cuando otro periodista le preguntó por su futuro inmediatamente después del partido inaugural ante Brasil, su respuesta fue igual de tajante: «Por ahora solo pienso en el Mundial y no puedo responder a eso».
Esa concentración es, quizás, el secreto mejor guardado de esta selección. Marruecos no es solo la primera nación africana y árabe en repetir en cuartos de final; es el equipo que ha demostrado que la hazaña de Catar 2022 no fue un espejismo. Camerún lo intentó en 1990, Senegal en 2002, Ghana en 2010. Tres selecciones distintas, tres destellos aislados. Los Leones del Atlas, en cambio, han aprendido a convertir la excepción en norma.
El fútbol marroquí vive un momento de transformación profunda. La generación de Hakimi, Ziyech, Amrabat y Bono, artífice del cuarto puesto de 2022, cede paso a una hornada que ya no necesita explicaciones. Bouaddi, Saibari, El Khannouss y compañía no juegan con el peso de quienes heredan una gesta; juegan con la libertad de quienes están construyendo la suya propia. Y si en Boston les espera Francia, Paraguay o cualquier otro adversario, la consigna ya está dada: dar todo lo que tienen. Sin reservas, sin miedo, sin mirar atrás.
