Saibari o cómo vencer donde parecía imposible

 

Rue20 Español/Rabat

Hubo un tiempo en que los pies de Ismael Saibari no apuntaban hacia adelante, sino que se cerraban sobre sí mismos como un paréntesis imperfecto. La malformación congénita que le diagnosticaron al nacer dibujaba un horizonte clínico de férulas, corsés ortopédicos y sesiones interminables de rehabilitación. Antes de aprender a correr, el niño nacido en 2001 en esa ciudad catalana de raíces marroquíes tuvo que aprender a caminar. Y caminar, solo eso, fue su primera gran victoria.

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Este 30 de junio de 2026, casi un cuarto de siglo después, ese mismo par de piernas sostuvo el peso de un país entero. Cuando el balón del penalti decisivo se incrustó en la red neerlandesa y la clasificación para octavos de final del Mundial 2026 se hizo realidad, Saibari no levantó los brazos al cielo ni se dejó caer de rodillas. Salió disparado hacia la grada. Allí estaba ella. Su madre.

Ese abrazo, captado por las cámaras de medio mundo, condensa una historia que el fútbol no puede explicar solo con goles. Contiene el recuerdo de una mujer que se aferró a la fe mientras colocaba, día tras día, los aparatos correctores sobre unas piernas diminutas. Contiene, también, la memoria de un adolescente al que el Anderlecht, uno de los semilleros más prestigiosos de Bélgica, dejó marchar a los 14 años. El argumento del club fue tajante: sobrepeso, preparación física insuficiente, falta de condiciones para la alta competición.

Muchos proyectos se quiebran con un portazo así. El de Saibari se reconstruyó desde los cimientos. Reconfiguró su dieta, redobló las cargas de trabajo y esculpió un cuerpo que, con 1,82 metros de altura, hoy se impone por su potencia, su resistencia en el choque y su capacidad para proteger la pelota como pocos centrocampistas ofensivos saben hacer. Aquel físico que le cerró las puertas del fútbol formativo es ahora su principal fortaleza.

La geografía personal de Saibari es un mapa de la diáspora marroquí. Nacido en España, formado en las canteras belgas tras el traslado familiar y explosionado en el PSV Eindhoven neerlandés, su pasaporte futbolístico ofrecía varias ventanillas. Bélgica llamó a su puerta con insistencia. Él eligió la camiseta de sus padres, la de un país que nunca había dejado de ser el suyo aunque no hubiera vivido en él. Una decisión que hoy define su identidad y la de unos Leones del Atlas que se reconocen en esa mezcla de orígenes.

La temporada que precedió a la cita mundialista de 2026 disipó cualquier duda sobre su salto de nivel. La Eredivisie le nombró mejor jugador del campeonato y su nombre empezó a cotizarse en el mercado con cifras que, de concretarse, harían historia en Eindhoven. El Bayern de Múnich aparece en todas las quinielas; la prensa europea habla de 55 millones de euros.

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Un torneo para la leyenda

El Mundial lo ha convertido en un fenómeno irreversible. Nadie antes, vistiendo la camiseta de una selección africana, había marcado en los tres encuentros de la fase de grupos de una misma Copa del Mundo. Lo hizo contra Brasil y repitió en los otros dos compromisos. “Ismael Saibari está haciendo grandes cosas, juega realmente muy bien”, declaró Lamine Yamal en la cadena COPE, un elogio que certifica la dimensión adquirida por el marroquí incluso a los ojos de sus adversarios.

El cruce de dieciseisavos ante Países Bajos añadió a su biografía el ingrediente que toda gran narrativa necesita: el rival que te vio crecer, el país donde se forjó como profesional, convertido de repente en el último obstáculo. El partido fue una batalla de 120 minutos que incluyó un corte en el rostro para el propio Saibari, asistido en la banda mientras la sangre le manchaba la camiseta. Los neerlandeses tocaron la clasificación con la punta de los dedos tras adelantarse en el marcador, pero los Leones del Atlas se negaron a aceptar el guion establecido.

Llegó la tanda de penaltis. Llegó el momento en que todas las miradas convergen sobre un solo hombre. Saibari cogió el balón, lo colocó sobre el punto de cal, tomó la carrera que tantas veces había ensayado y ejecutó un disparo que ya pertenece al imaginario colectivo de Marruecos. La red se tensó. Los neerlandeses se derrumbaron. Y él corrió.

Corrió hacia la grada como solo corre quien ha entendido que el destino, a veces, se escribe sobre piernas que una vez se negaron a obedecer. Se fundió con su madre en un abrazo que no necesitó traducción simultánea. Ahí, en ese gesto, estaban contenidas todas las férulas, todas las sesiones de rehabilitación, todos los pronósticos médicos que alguna vez dibujaron un futuro sin fútbol, sin carreras, sin esa escena que, desde hoy, ninguna enciclopedia del deporte podrá borrar.

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