Rue20 Español/Rabat
Safia ABAHAJ*
En el panorama contemporáneo de las relaciones internacionales, pocos dosieres reflejan con tanta claridad la evolución del derecho internacional como la cuestión del Sáhara marroquí. Durante décadas, este conflicto ha sido abordado desde un enfoque predominantemente doctrinal, centrado en el principio de libre determinación de los pueblos. Sin embargo, los desarrollos más recientes invitan a una lectura más compleja, más matizada y, sobre todo, más alineada con las dinámicas reales del sistema internacional.
Lejos de estar ante un conflicto congelado, asistimos hoy a una reconfiguración progresiva del consenso internacional, en la que el enfoque jurídico clásico está siendo reinterpretado a la luz de imperativos contemporáneos como la estabilidad regional, la seguridad colectiva y la viabilidad política de las soluciones propuestas.
Un cambio de paradigma en la escena internacional
Lo más relevante de la evolución reciente del dossier del Sáhara marroquí no es únicamente la acumulación cuantitativa de apoyos a la posición de Marruecos, sino la transformación cualitativa del marco en el que esta cuestión está siendo interpretada por un número creciente de Estados. Ya no estamos ante un debate congelado en las categorías diplomáticas de los años setenta, ni ante una lectura exclusivamente ideológica del conflicto. Lo que se observa hoy es una mutación más profunda: la progresiva sustitución de una lógica abstracta y doctrinal por una lógica de responsabilidad estatal, estabilidad regional y viabilidad política. Esa evolución se aprecia tanto en el lenguaje empleado por los Estados como en la naturaleza de sus decisiones diplomáticas más recientes.
En este contexto, la decisión de Malí de retirar oficialmente su reconocimiento de la denominada “RASD” y respaldar el plan marroquí de autonomía constituye un punto de inflexión particularmente revelador. No se trata solo de una rectificación diplomática; se trata de una toma de posición que confirma que, para ciertos Estados africanos, la prioridad ya no es sostener marcos heredados de la vieja diplomacia continental, sino apoyar fórmulas que garanticen continuidad estatal, seguridad y cooperación regional. Que Bamako haya definido la propuesta marroquí como la única base “seria y creíble” para una solución del conflicto sitúa esta decisión en una lógica claramente política y estratégica, no meramente simbólica. En un Sahel fracturado por amenazas transnacionales, insurgencias armadas y fragilidad institucional, la preferencia por una solución estabilizadora adquiere un peso determinante.
La importancia del caso maliense es aún mayor si se analiza desde la perspectiva del derecho internacional contemporáneo. En la práctica, el comportamiento de los Estados sigue siendo una de las claves esenciales para entender la consolidación de tendencias normativas. Cuando un Estado retira su reconocimiento a una entidad y, al mismo tiempo, apoya explícitamente una solución de autonomía bajo soberanía marroquí, no está simplemente modificando una preferencia diplomática: está contribuyendo a redefinir el marco de legitimidad internacional del conflicto. Y eso importa, porque el derecho internacional no vive solo de grandes principios; también se transforma a través de la práctica reiterada de los Estados, de sus actos unilaterales y de las convergencias que, poco a poco, van moldeando nuevos consensos.
En el mismo sentido, el caso de Kenia resulta sumamente ilustrativo. Nairobi respaldó en 2025 la iniciativa marroquí de autonomía bajo soberanía marroquí, y en los últimos días ese apoyo ha sido renovado públicamente, confirmando que no se trataba de una declaración coyuntural, sino de una reorientación diplomática más consistente. Este elemento es importante porque Kenia no es un actor marginal dentro del continente africano: su peso político, económico y simbólico dentro de África oriental convierte su posición en un indicador de enorme valor estratégico. La renovación de su respaldo muestra que el desplazamiento internacional hacia la propuesta marroquí no es exclusivo del espacio árabe o del África atlántica, sino que alcanza también a actores relevantes de otras subregiones africanas.
Desde una óptica de relaciones internacionales, el posicionamiento keniano tiene además una dimensión adicional: revela que el dossier del Sáhara empieza a ser leído cada vez menos como una causa ideológica heredada y cada vez más como una cuestión vinculada a conectividad regional, cooperación económica y arquitectura de seguridad africana. En otras palabras, la cuestión sahariana deja de ser observada únicamente como un contencioso de soberanía para integrarse en una visión más amplia sobre corredores logísticos, acceso a mercados, integración atlántica y partenariados estratégicos. Esta lectura beneficia claramente a Marruecos, que ha logrado articular su diplomacia del Sáhara con una política africana activa basada en inversión, cooperación Sur-Sur y proyección económica.
Por su parte, la reafirmación del apoyo de Egipto a la integridad territorial de Marruecos y a la iniciativa de autonomía reviste una importancia singular por varias razones. La primera es evidente: Egipto no es un Estado cualquiera en el mundo árabe. Su peso histórico, geopolítico y diplomático convierte cualquier posicionamiento suyo en un hecho de alcance regional. La segunda es más profunda: cuando una potencia árabe de esta envergadura reafirma que la autonomía bajo soberanía marroquí constituye la vía más realista, está contribuyendo a consolidar la idea de que el conflicto no puede seguir siendo gestionado desde categorías maximalistas, sino desde parámetros de compromiso político y de preservación del orden estatal.
El caso egipcio también es significativo porque confirma una tendencia más amplia en el sistema internacional: la progresiva valorización de soluciones que concilien legalidad y estabilidad. Durante mucho tiempo, ciertos análisis quisieron presentar el derecho internacional y el realismo geopolítico como polos opuestos. Sin embargo, la práctica reciente demuestra que la comunidad internacional, y en particular el Consejo de Seguridad, privilegia cada vez más fórmulas que sean al mismo tiempo compatibles con el derecho, políticamente negociables y materialmente sostenibles. La insistencia del Consejo en una solución “política, realista, pragmática y duradera”, renovada en la Resolución 2797 de 2025, no es un simple detalle terminológico: es la expresión de un cambio de paradigma. El eje del debate ya no se sitúa en fórmulas teóricas idealizadas, sino en soluciones que puedan ser implementadas sin desestabilizar aún más una región estratégicamente sensible.
Ese es, precisamente, el núcleo del nuevo paradigma internacional: la cuestión del Sáhara comienza a ser abordada no solo desde la legalidad formal, sino desde una legalidad contextualizada, es decir, una lectura del derecho internacional que toma en consideración la efectividad, la estabilidad, la lucha contra la fragmentación y la necesidad de preservar marcos estatales funcionales. En esa evolución, la iniciativa marroquí de autonomía ha ganado terreno porque ofrece una síntesis que muchos Estados consideran hoy más compatible con las exigencias del mundo contemporáneo: respeta la soberanía estatal, propone autogobierno local y se inserta en la lógica de una solución negociada, en lugar de alimentar escenarios de vacío o de incertidumbre prolongada.
Por eso, hablar de un “cambio de paradigma” no es una exageración retórica. Es constatar que el conflicto ha entrado en una nueva fase. Una fase en la que los reconocimientos retirados, los apoyos reafirmados y las convergencias diplomáticas ya no pueden leerse como episodios dispersos, sino como síntomas de una reordenación más profunda del consenso internacional. Marruecos no solo ha logrado defender su posición; ha conseguido desplazar el centro de gravedad del debate hacia un terreno donde la autonomía aparece, cada vez más, no como una propuesta entre otras, sino como el marco más serio, más funcional y más políticamente asumible de cualquier solución futura. Y cuando en diplomacia una propuesta deja de ser una opción para convertirse en el punto de referencia, lo que cambia no es solo el tono del debate: cambia la arquitectura misma de lo posible.
Mauritania: un actor clave en la recomposición regional
En este tablero en transformación, el papel de Mauritania resulta particularmente revelador. Aunque mantiene formalmente una posición de neutralidad, su práctica reciente refleja una convergencia estratégica cada vez más evidente con Marruecos.
Desde el punto de vista securitario, Mauritania percibe la estabilidad del Sáhara como un elemento esencial para su propia seguridad nacional, especialmente en un contexto saheliano altamente volátil. La estabilización del paso de Guerguerat ha sido interpretada como un factor clave para garantizar la continuidad de los flujos comerciales y evitar zonas de vacío propicias a la inseguridad.
En el plano económico, la interdependencia entre ambos países se ha intensificado considerablemente, reforzando una lógica de intereses compartidos donde la estabilidad territorial se convierte en una condición indispensable para el desarrollo.
Pero es quizás en el ámbito energético donde esta convergencia adquiere su dimensión más significativa. El proyecto del gasoducto Nigeria–Marruecos, que implica directamente a Mauritania, supone un reconocimiento implícito de la centralidad de Marruecos como actor estructurante en la región. En términos de derecho internacional aplicado, este tipo de cooperación constituye una forma de reconocimiento funcional, basada en la práctica más que en la retórica.
Mauritania no ha modificado formalmente su posición, pero ha adaptado su comportamiento. Y en el derecho internacional contemporáneo, la práctica de los Estados tiene un valor normativo fundamental.
Entre legalidad y realismo: Una nueva lectura del conflicto
El dossier del Sáhara ilustra hoy una evolución más amplia del derecho internacional: el paso de una legalidad abstracta hacia una legalidad contextualizada, donde los principios se interpretan a la luz de las realidades políticas, económicas y de seguridad.
La insistencia del Consejo de Seguridad en una solución política y pragmática refleja esta transformación. Ya no se trata únicamente de aplicar principios, sino de encontrar soluciones que sean implementables, sostenibles y estabilizadoras.
Conclusión: Cuando la práctica redefine el derecho
Lo que está en juego hoy en el Sáhara marroquí no es únicamente un conflicto territorial. Es una transformación más profunda: la manera en que la comunidad internacional articula el derecho con la realidad.
Las decisiones de Malí, Kenia o Egipto, la convergencia estratégica de Mauritania, y el reconocimiento creciente de la autonomía como solución viable no son hechos aislados. Son las piezas de un mismo movimiento:
La construcción progresiva de un nuevo consenso internacional
Porque, en el mundo contemporáneo, el derecho internacional ya no se construye únicamente en los textos…
Se construye en las decisiones, en las alianzas, en los proyectos, en las prácticas.
Y hoy, todas esas prácticas apuntan en una misma dirección.
No hacia el pasado del conflicto, sino hacia la posibilidad concreta de su resolución.
*Activista saharaui y presidenta de la Asociación IMMUN.
