Rue20 Español/Ciudad de México
Moisés Amselem Elbaz*
Vivimos un momento histórico que bien podría describirse como una nueva Torre de Babel. No porque hablemos idiomas distintos, sino porque nuestros líderes políticos y espirituales parecen incapaces de entenderse en medio de una crisis que amenaza la estabilidad global. El epicentro de este desconcierto es, una vez más, Irán.
Tras casi medio siglo de República Islámica, el país afronta en 2026 una confluencia de presiones sin precedentes: inflación crónica, sanciones multilaterales, protestas masivas y una guerra abierta con Israel y Estados Unidos que ya ha golpeado su infraestructura energética. Todo esto ocurre bajo la tutela de un sistema teocrático cuya sucesión se ha precipitado tras la muerte del ayatolá Alí Jameneí.
¿Se irán los ayatolás? ¿Seguirán?
La pregunta que resuena en las calles de Teherán y en los corrillos geopolíticos tiene una respuesta compleja. El escenario más probable no es un colapso abrupto, sino una transformación interna. El sistema iraní ha demostrado una resiliencia férrea: controla los medios de coerción, los ingresos críticos y mantiene una base ideológica sólida, aunque menguante.
Lo más factible es que surja un Líder Supremo más débil y un régimen más militarizado, donde la Guardia Revolucionaria (IRGC) gane poder a expensas del clero tradicional. El presidente reformista Masud Pezeshkian podría gestionar la economía, pero la seguridad seguirá en manos de los halcones. El factor decisivo será la calle iraní: si la sucesión no alivia el dolor económico, la legitimidad del sistema se erosionará aceleradamente.
En resumen, los ayatolás, como institución, se transformarán. Su salida total requeriría una convulsión que aún no es el escenario base.
El silencio del mundo abrahámico
Aquí reside una paradoja crucial. Las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo, islam), que representan en conjunto a aproximadamente el 50% de la humanidad, han mostrado una incapacidad colectiva para ejercer un liderazgo moral transformador en esta crisis.
El islam está profundamente dividido entre el liderazgo chií, aliado o cautivo del régimen iraní, y las autoridades suníes, que priorizan alianzas geopolíticas sobre una llamada unitaria a la paz. El cristianismo ofrece voces dispersas: desde los llamados genéricos del Vaticano hasta el apoyo teológico de sectores evangélicos a la línea dura israelí. El judaísmo aparece atrapado entre la defensa legítima del Estado de Israel y la dificultad para articular una crítica moral que trascienda el ámbito nacional.
Este silencio de los líderes espirituales no es una nota al margen; es un vacío que agrava la crisis. Legitima la instrumentalización de lo sagrado para fines políticos y deja al ciudadano creyente, de cualquier confesión, huérfano de guía en medio de la tormenta geopolítica. La religión, que debería ser puente, se convierte en otro muro en la Torre de Babel.
Reflexión final: un ejemplo desde el Reino de Marruecos, país milenario
Como marroquí, observo este laberinto de incomprensión y me pregunto por qué no miramos más a menudo el ejemplo de mi país, el Reino de Marruecos, bajo el liderazgo visionario de Su Majestad el Rey Mohamed VI —que Dios le asista—.
Marruecos ofrece un modelo diferente. Es un Estado que ha hecho de la tolerancia religiosa y la cohesión social un pilar fundamental de su identidad. Aquí, la tradición islámica se vive en armonía con una herencia judía milenaria, una vivencia católica constante y un espíritu de apertura genuino. El Rey, como Comendador de los Creyentes, ejerce una autoridad moral que promueve un islam de centro, alejado de los extremismos, y fomenta el diálogo interreligioso como herramienta de paz. Este compromiso se encarna en figuras como André Azoulay, consejero real y emblemático promotor del diálogo entre culturas, quien esgrime a nivel mundial la bandera de la convivencia entre las tres tradiciones abrahámicas.
En un momento en que el mundo parece una nueva Torre de Babel, el ejemplo marroquí demuestra que es posible conciliar fe, modernidad y estabilidad. No se trata de imponer un modelo, sino de recordar que existen caminos para que la espiritualidad sea una fuerza de cohesión, no de fractura. Mientras las potencias y los clérigos en otras latitudes alimentan la confrontación, Marruecos construye, con paso firme y silencioso, un faro de pragmatismo y paz. Quizás sea hora de que la comunidad internacional preste más atención a esta luz.
*Colaborador.
