Rue20 Español/Ciudad de México
Moisés Amselem Elbaz*
Una vez más, el Reino de Marruecos ha dado al mundo —y especialmente a África— una lección magistral de orden, paciencia y respeto a las instituciones. La reciente decisión de la CAF de otorgar el título de la Copa Africana de Naciones 2025 a la selección marroquí tras la incomparecencia de Senegal no es solo un fallo administrativo: es un símbolo de cómo un país, guiado por principios sólidos, puede convertir incluso la adversidad en una narrativa de fortaleza y unidad.
Lo que ocurrió tras aquella final no fue una simple rectificación deportiva. Fue la reivindicación de valores que trascienden el terreno de juego: disciplina, legitimidad y respeto por la justicia. Marruecos, bajo el liderazgo visionario de Su Majestad el Rey Mohamed VI, ha entendido que el deporte es mucho más que competición: es un instrumento de diplomacia, un reflejo de la madurez de una nación y una plataforma para proyectar estabilidad y grandeza.
Frente a la provocación, Marruecos optó por la mesura.
Frente a la injusticia inicial, confió en las instituciones.
Frente a la emoción, primó la razón.
Esta actitud no es casualidad. Es el fruto de una estrategia de Estado que ha convertido el fútbol —y el deporte en general— en una palanca de desarrollo y cohesión social. Desde la modernización de infraestructuras hasta la formación de una generación de futbolistas que encarnan el equilibrio entre identidad y profesionalidad, Marruecos ha construido un modelo que otros deberían observar con atención.
Y es aquí donde reside la verdadera enseñanza: un continente unido es un continente fuerte. Marruecos no solo ganó un título; demostró que es posible competir con excelencia, organizar con calidez y resolver conflictos con altura de miras. Frente a países que aún lidian con inestabilidad institucional o reacciones viscerales, el Reino alauí ofrece un camino alternativo: el de la convivencia pacífica, el diálogo y la construcción de futuro.
Ojalá vecinos y hermanos africanos tomen nota.
El éxito no está reñido con la dignidad.
La victoria no debe lograrse a cualquier precio.
La justicia llegó tarde, pero llegó. Y aunque nada borrará por completo el malestar de aquel momento, lo importante es que prevaleció la ley. Marruecos supo esperar. Supo confiar. Y hoy, no solo celebra un título, sino que consolida su papel como referente continental en un mundo donde el deporte y la política caminan de la mano.
Que este episodio sirva como recordatorio:
La grandeza de un país no se mide solo por sus trofeos, sino por su capacidad para actuar con ecuanimidad, respetar las reglas y, sobre todo, mantener siempre la paz por delante.
Marruecos lo ha entendido. Es hora de que otros sigan su ejemplo.
*Colaborador.
