Rue20 Español/Rabat
El reciente comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores argelino, publicado el 1 de marzo de 2026, mostrando solidaridad con los países del Golfo que sufrieron ataques iraníes, llega un día después y deja más preguntas que respuestas sobre la verdadera postura de Argelia en la región.
Durante décadas, la diplomacia argelina ha promovido un discurso fundamentado en la soberanía -aunque fomenta el separatismo en la región-, la lealtad a los hermanos árabes y la unidad del destino compartido.
Sin embargo, la práctica reciente demuestra que estas palabras han sido, en muchos casos, meros instrumentos de consumo mediático. Las declaraciones del presidente Abdelmadjid Tebboune sobre que “la seguridad de Arabia Saudita es la seguridad de Argelia” resuenan hoy vacías frente a la realidad de los ataques de Irán a Arabia Saudita, Kuwait, Bahréin y Qatar.
El retraso en la reacción oficial y la tibieza de los primeros comunicados ante la agresión directa reflejan una notable desconexión entre los eslóganes y la acción real.

Mientras los países del Golfo enfrentaban misiles y drones iraníes, Argelia se limitaba a mensajes genéricos, sin condena explícita, sin solidaridad concreta. La posterior declaración del 1 de marzo, que finalmente condena la agresión y expresa “solidaridad con los países árabes hermanos”, parece más un acto de corrección política que un reflejo de principios genuinos.
La situación revela un patrón preocupante: Argelia ha priorizado sus intereses económicos y políticos, especialmente con Qatar, el mayor inversor árabe en el país, y ha mantenido una posición de aparente neutralidad que muchos observadores interpretan como oportunismo.
La ecuación es clara: obtener inversiones y apoyo político sin asumir compromisos de seguridad ni riesgos diplomáticos. Esta dinámica ha erosionado la credibilidad del régimen, generando dudas sobre la seriedad de sus compromisos hacia la región.
La hipocresía política, disfrazada de “neutralidad” y “no injerencia”, se evidencia en la selectividad de la respuesta argelina: silencio frente a Irán y rigor en los temas donde sus intereses inmediatos están en juego.
El resultado es un doble mensaje: mientras Argelia proclama lealtad a los hermanos árabes, su alineamiento de facto con los actores que amenazan esa estabilidad revela una “desviación de brújula” preocupante.
El giro reciente del Ministerio de Relaciones Exteriores, apresurándose a expresar solidaridad, no borra los hechos: la política argelina ha mostrado una fractura entre discurso y acción, debilitando la percepción de Argelia como actor confiable en la seguridad regional.
Para los países del Golfo, esta incoherencia plantea una cuestión crítica: ¿hasta qué punto se puede confiar en un socio cuya retórica de lealtad se desvanece cuando se pone a prueba?
La credibilidad de Argelia en la política árabe no se reconstruye con comunicados tardíos. Se necesita coherencia entre palabras y hechos. Hasta que esto ocurra, la diplomacia argelina seguirá arrastrando la sombra de sus contradicciones, y la estabilidad de la región continuará pagando el precio de la discrepancia entre eslóganes y acción.
