Rue20 Español/Rabat
La reciente declaración de Rafael Louzán, presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), asegurando que “España va a liderar el Mundial 2030 y será aquí donde se celebre la final de la Copa del Centenario”, no solo está generando un intenso debate en Marruecos, sino que pone de relieve un fenómeno preocupante: la Federación Española parece negarse a reconocer que las infraestructuras marroquíes les han sorprendido.
En lugar de asumir que Marruecos está perfectamente preparado para organizar partidos de primer nivel, la federación española ha iniciado una guerra indirecta contra su vecino africano, a sabiendas de que Marruecos posee la experiencia y capacidad para organizar los eventos deportivos más grandes: Supercopa de España, Supercopa de Francia, Mundiales de Clubes, Copas del Mundo femeninas juveniles y otros torneos de alcance internacional.
Esta estrategia, más que un análisis técnico, parece orientada a enviar mensajes a Europa: que Marruecos estaría desplazando a los actores tradicionales y que Madrid debería recibir un respaldo continental, comenzando por su influencia en la elección de Marruecos como sede regional de la FIFA tras el cierre de la oficina de París.
Cabe subrayar que el presidente de la RFEF lanzó su ofensiva verbal después de considerar inicialmente a Marruecos como un socio complementario en la organización del Mundial. Lo que encontró fue un país que lidera la candidatura tripartita con autoridad y carisma, gracias al liderazgo del presidente de la Federación Real Marroquí de Fútbol, Fouzi Lekjaa, y a unas infraestructuras y capacidades organizativas de estándares internacionales que no admiten comparación.
Más allá de la polémica mediática, conviene recordar que la decisión sobre la sede de la final del Mundial 2030 no corresponde a Louzán ni a la RFEF, sino exclusivamente a la FIFA. El reglamento del organismo internacional es claro: la elección de la final corresponde al Consejo de la FIFA, tras evaluar estadios, seguridad, capacidad hotelera, conectividad y legado global.
Cualquier intento de presentar la final como un hecho consumado, como ha hecho Louzán, es prematuro y desinforma a la opinión pública española.
La organización tripartita entre España, Portugal y Marruecos se basa en la cooperación entre continentes y en la ambición de celebrar un Mundial histórico, inclusivo y global.
En este contexto, Marruecos no es un socio menor. Con invertidos en estadios en Casablanca, Rabat, Tánger, Agadir, Marrakech o Fez, el Reino aspira legítimamente a acoger partidos decisivos, incluida la final, no solo por mérito logístico y deportivo, sino por el simbolismo de llevar la primera final mundialista a suelo africano dentro de un proyecto tricontinental.
Que España intente proyectar su narrativa como si la final ya estuviera asegurada refleja problemas internos: la RFEF sigue negociando con clubes privados, como Barcelona y Real Madrid, sobre las condiciones económicas de su participación. En Marruecos, los estadios son de titularidad pública, lo que permite una coordinación más efectiva y menos conflictiva.
El presidente de la FIFA, en varias intervenciones recientes, ha elogiado la organización y la capacidad de Marruecos, mientras que los episodios aislados de desorden en otros países africanos fueron claramente diferenciados como incidentes puntuales. Este reconocimiento refuerza la legitimidad marroquí para albergar los partidos más importantes.
En definitiva, la última palabra sobre la final del Mundial 2030 no la tiene España, ni Portugal, ni Marruecos: la tiene la FIFA. Y en un torneo que pretende marcar un hito histórico, Marruecos no está dispuesto a aceptar un papel secundario en la decisión que definirá la memoria del fútbol para generaciones. La prudencia, la transparencia y el respeto a los procedimientos internacionales deben prevalecer por encima de las declaraciones interesadas y de la presión mediática.
