Patriotería tóxica y emigración: entre la historia y la histeria de la intolerancia

Rue20 Español/ Agadir

Por ​Youssef Akmir*

​Las declaraciones del presidente de Vox sobre la emigración, amenazando con expulsar a ocho millones y medio de inmigrantes si no se «adaptan», han tenido efectos inmediatos. Grupos de pandilleros armados y encapuchados deambulaban por una provincia tranquila y multicultural, llamada Torre Pacheco, con el propósito de agredir a inmigrantes marroquíes y alzando la campaña de «Caza al moro». Por si fuera poco, el 28 de julio, Vox y el PP vetan en la asamblea municipal de Jumilla la celebración de las fiestas religiosas islámicas en lugares deportivos públicos, alegando que son costumbres ajenas a la identidad española y saltándose a la torera lo establecido por la Constitución. Pocos días después de lo ocurrido en Jumilla, el obispo de Oviedo se sube a la ola echando más leña al fuego. Jesús Sanz llama «moritos» a los musulmanes afincados en España y les acusa de no condenar los asesinatos que sufría la comunidad cristiana en sus países de origen.

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​Lo que ha ocurrido en este último mes de julio me ha traído a la memoria un libro que leí detenidamente. Se trata de مغاربة البرتغال خلال القرن السادس عشر; «Los marroquíes de Portugal durante el siglo XVI», del profesor Ahmed Boucharb. El ilustre historiador estudia el origen y la dinámica de la emigración e inmigración marroquí a Portugal, analizando las diferentes razones por las que los marroquíes pisaron tierras portuguesas y se instalaron allí.

​Boucharb señala que estas emigraciones coinciden con las campañas de fanatismo y odio al Islam que el Tribunal de la Santa Inquisición llevó a cabo en Portugal desde su creación en 1536. La creación de dicho tribunal culminó el proceso puesto en marcha por el Edicto de expulsión del rey D. Manuel I de 5 de diciembre de 1496, que obligaba a todos los judíos y musulmanes a elegir entre convertirse al cristianismo o salir de Portugal. Boucharb señala que quizás la decisión relativa a la cristianización tiene que ver con el mutismo que caracteriza las fuentes de los tribunales de la Santa Inquisición.

​Las persecuciones sufridas por parte de la Inquisición sembraron, según Boucharb, los recelos y el odio colectivo hacia los marroquíes. Antes de 1550, las fiestas tradicionales que los marroquíes organizaban no molestaban a nadie, pero años después los tribunales de la Santa Inquisición decretarían órdenes para prohibir por ley la música, las canciones y el baile marroquíes al considerarlos «conductas sarracenas que ofenden al catolicismo».

​El autor indica que en un momento en que la sociedad cristiana se oponía a cualquier diversidad lingüística y cultural, los marroquíes rechazaron renunciar, en privado, a parte de sus tradiciones de origen. Por eso, la mayoría de los delitos de los que les acusaban tenían matices culturales y religiosos. La sociedad portuguesa dudaba de sus conversiones, y los tribunales a veces les juzgaban por el mero hecho de desconocer algunas plegarias cristianas o por utilizar oraciones de origen musulmán (como, por ejemplo, jurar por Abi Habbas Sebti o confundir las campanadas del domingo con «el adhan», la llamada a la oración).

​Este texto me lleva a una dolorosa reflexión final: ¿desearían algunos sectores rancios restablecer el Tribunal de la Santa Inquisición y emprender campañas de persecución y expulsión de los marroquíes?

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Afortunadamente, esto jamás ocurrirá en la España de nuestros tiempos actuales; una España plural, multicultural, aconfesional y con sólidas instituciones democráticas.

*Profesor en la Universidad Ibn Zohr-Agadir.

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