Rue20 Español/Rabat
La reciente publicación de Ahmad Sharawi (Why the Polisario Front Threatens Morocco—and the Region) ha removido algunas capas de silencio. Con hechos documentados y sin adornos, su artículo plantea lo que varios gobiernos ya han comprendido: el Frente Polisario ha dejado de ser un simple movimiento separatista para convertirse en un actor desestabilizador, con vínculos con los enemigos más notorios del orden regional.
Durante décadas, el relato dominante presentó el conflicto del Sáhara como una disputa poscolonial entre dos proyectos nacionales. Esa narrativa pertenece a otra época. Hoy, el debate gira en torno al futuro de una franja de desierto y, al mismo tiempo, a la seguridad de todo el norte de África y el Sahel.
Las pruebas expuestas por Sharawi son contundentes. Intercepciones que muestran la relación entre figuras del Polisario y agentes de Hezbollah. Coordinación ideológica con Irán. Aplausos a los ataques de Hamás. Y una intención declarada de golpear desde el sur a intereses israelíes en suelo marroquí. No es especulación: hay transcripciones, nombres, fechas. La implicación iraní ha dejado de ser una hipótesis: opera ya como una estructura activa.
En particular, los detalles sobre los contactos entre Mustafa Muhammad Lemine Al-Kitab —ex agente de enlace del Polisario en Siria— y miembros de Hezbollah revelan algo más grave: solidaridad activa con el “eje de resistencia” iraní y apoyo explícito a la idea de ataques coordinados contra Israel, con participación de Hamás, Hezbollah, Irán y Argelia. Al-Kitab incluso solicitó ayuda material para atacar la embajada israelí en Rabat. Estas revelaciones son explosivas y deben movilizar a la comunidad internacional.
En este nuevo tablero, el Polisario ha cambiado de padrinos. Atrás quedaron los años de retórica revolucionaria respaldada por La Habana o Trípoli. Ahora recibe apoyo material y estratégico de Teherán y del aparato paramilitar iraní. Una causa supuestamente secular, hoy está al servicio de una agenda religiosa extremista que apunta tanto a Marruecos como al equilibrio regional.
Las revelaciones recientes confirman los peores temores: convergencias turbias, intereses opacos y alianzas que solo pueden entenderse como un intento de infiltración y erosión de los equilibrios norteafricanos. El Frente Polisario ya actúa como un brazo regional de una red hostil al orden árabe y mediterráneo.
En los campamentos de Tinduf, en Argelia, más de 170.000 retenidos saharauis sobreviven en condiciones precarias. Lejos de ser simples enclaves humanitarios, estos espacios funcionan como zonas fuera de control, terreno fértil para redes yihadistas. Desde allí han surgido líderes del Estado Islámico en el Sahel, células vinculadas al ISIS y reclutadores que actúan sin trabas bajo la mirada permisiva —y a menudo funcional— del aparato argelino.
Sharawi recuerda también otro dato clave: fue el Polisario quien rompió el alto el fuego de 29 años en 2020. Desde entonces, los ataques contra civiles marroquíes han aumentado. Se suman las denuncias sobre la utilización de niños soldados, la interrupción sistemática de la educación en los campamentos y el adoctrinamiento armado de menores.
Frente a esto, la propuesta marroquí de autonomía bajo soberanía nacional aparece como la única opción seria, viable y estabilizadora. Ya no es solo Marruecos quien lo afirma: Estados Unidos, España, Francia, y más recientemente el Reino Unido reconocen esta posición. Incluso Siria, tradicional aliada de Argelia, ha dado un giro y ha expulsado al Frente Polisario de su territorio.
En el mundo real, los principios deben convivir con la seguridad. Invocar la “neutralidad” de los años noventa o insistir en un “referéndum” inviable requiere ignorar los hechos que configuran el presente. El Polisario ya funciona como un agente de violencia con conexiones transnacionales, ajeno a cualquier proyecto legítimo de “autodeterminación”.
Defender la soberanía marroquí sobre el Sáhara representa una respuesta concreta ante un riesgo creciente. Es una estrategia de contención que contribuye a la estabilidad regional y europea frente al deterioro del Sahel y la acción de grupos que operan para fragmentar el Magreb. En un contexto donde la amenaza adquiere formas visibles, conviene hablar con claridad: el Polisario actúa como un factor de desestabilización, y su reconocimiento como grupo terrorista ya no es un tabú, sino una exigencia de coherencia.
La verdad ha salido a la luz. Las pruebas están sobre la mesa. La hora de la responsabilidad internacional ha llegado.
