Rue 20 Español / Rabat
El ministro francés de Europa y Asuntos Exteriores, Jean-NoëlBarrot, no ha esperado ni a hacer las maletas rumbo a Argelia para lanzar una bomba diplomática que no dejará indiferente a nadie.
En una intervención sin rodeos ante la Comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional, Barrot ha dejado muy claro que la soberanía de Marruecos sobre su Sahara no se discute, y que el plan de autonomía propuesto por Rabat es la única solución realista, seria y creíble sobre la mesa.
La declaración viene con fuerza y no es casual. Francia reafirma así, por enésima vez —y en el momento más oportuno—, que está con Marruecos y con la legalidad internacional, alineada con los esfuerzos de la ONU, mientras otros se siguen enredando en una retórica de guerra fría con fecha de caducidad.
Y aquí viene lo sabroso del asunto: Barrot hará escala este domingo en Argel, la capital del régimen que lleva años agitando el conflicto del Sahara como si fuese su única razón de existir. Y la pregunta se impone con malicia diplomática: ¿Se atreverá Argelia a negarse a recibir a un ministro que acaba de repetir —con voz alta y clara— que el Sahara es marroquí?
Spoiler: no. Porque si algo ha demostrado el régimen argelino es su capacidad infinita de indignarse en voz alta… y claudicar en silencio cuando se trata de Francia. La historia lo ha probado una y otra vez: Tebboune y compañía saben gritar a Madrid, pero susurran a París.
La escena roza el surrealismo: un ministro francés aterrizará en suelo argelino con la bandera de la marroquinidad del Sahara ondeando tras sus palabras, mientras la república de los generales —que hace del antimarroquismo su política de Estado— le pondrá la alfombra roja y le servirá té con sonrisas contenidas. Todo por no molestar al “antiguo colono”.
Este nuevo respaldo de Francia, además de fortalecer la posición de Marruecos en el tablero internacional, deja a Argelia cada vez más sola, más desconcertada y más atrapada en su propia contradicción, siguiendo apostando por una estrategia gastada que no convence a nadie.
Barrot aún no ha aterrizado, pero el mensaje ya ha sido entregado: el Sahara es marroquí, y quien quiera dialogar con Francia, deberá aceptarlo —aunque le arda por dentro.

